En este episodio resumiremos el núcleo del nuevo informe de la RAND Corporation: la propuesta de forzar a Rusia a una extensión excesiva para crear desequilibrios en su poder militar, económico y político. También situaremos brevemente al autor del informe —la RAND, un influyente think tank estadounidense que reivindica su papel en las estrategias a largo plazo durante la Guerra Fría— y adelantaremos que en un programa posterior debatiremos valoraciones y opiniones sobre estas propuestas.
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VENEZUELA Y LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN
TRANSCRIPCIÓN DEL AUDIO.
Bienvenidos a Primum Gradus, tu podcast de historia y humanidades en general. Bueno, perdonadme los problemas técnicos: se me había olvidado poner el micrófono. Estaba con el micrófono de la cámara, que siempre es un desastre. Vamos a empezar.
Yo había invitado a más gente a ayudarme en el directo, pero no ha podido ser. Ahora vamos a dejar un poquito de tiempo para que la gente vaya llegando y veremos si alguien se apunta. Y si no, empiezo, porque ya sabéis que mi podcast —mi terapia—, aunque no haya nadie, yo lo voy a hacer igual en directo, etcétera. Pues vamos a ello.
Tengo por aquí preparado un guioncillo y vamos a actuar en consecuencia. Ya sabéis que a mí los temas de actualidad no son los que más me gusta tratar por una sencilla razón: no estoy al día de todas las cosas. No soy de esos tipos que tienen una capacidad para comprender la realidad, con información privilegiada o gente que me informa. A veces voy un poco perdido. Soy más de historia, de las cosas a toro pasado. Por eso a veces rehuyo los temas de rabiosa actualidad. Pero esta vez voy a hacer una excepción.
¿Por qué? Porque este tema tiene una vertiente, vamos a llamarla así, de meta-actualidad. Se le pueden sacar cosillas que van más allá de la rabiosa actualidad. Empezamos: el tema es hablar alrededor de la injerencia —yo creo que soy generoso al llamarla injerencia— del ataque, veremos si razonado o no, veremos si conforme a derecho o no, de Donald Trump a la Venezuela de Maduro.
Primero vamos a hablar del derecho internacional y la legitimidad de la fuerza. Derrocar a un dictador puede parecer moralmente justificado. De hecho, mucha gente se ha alegrado con sinceridad —sobre todo muchos venezolanos— de que por fin hayan quitado a este señor del medio y se acabe la pesadilla. Eso está por ver, pero aparece como un acto de justicia. Ahora bien: si le pongo un pero, no es porque esté empatizando con el tirano ni porque me caiga simpático. Pienso que puede haber una especie de saltarse a la torera el derecho internacional, que no fue diseñado para salvar a los buenos, sino para contener a los poderosos.
Prohibir el uso de la fuerza casi sin excepciones no es negar la injusticia; es evitar que cada Estado juzgue y ejecute por su cuenta, devolviendo al mundo a la ley del más fuerte. Aunque concedamos que es un tirano y que lo que han hecho es un acto de justicia, es una justicia unilateral, y eso siempre es peligroso. Luego hablaremos más profundamente: hoy en día hay una pandemia de desprecio del derecho, pero del derecho en su acepción más profunda. El problema real no es el tirano, sino el precedente. Si la fuerza se normaliza para cambiar gobiernos, la soberanía deja de ser un derecho y pasa a ser un obstáculo. Si cualquiera, por considerarlo tirano, puede ser destituido por otro gobernante más poderoso, imaginad en qué acabaría todo esto. Hoy se habla de liberar; mañana se puede hablar de corregir elecciones. Esto ha pasado en Europa —por ejemplo, el caso de Rumanía— y casi nadie lo conoce. Lo trataremos.
Hablaremos también de los medios de comunicación y de intereses. Donald Trump ha sido sincero: ha dicho que lo que quiere es proteger el petróleo. Este hombre, si algo tiene, es que no se esconde de nada. El derecho no brinda tiranías; no está para eso. Pero tampoco legitima cruzadas unilaterales. Es lo peligroso del asunto. Debemos ser menos hipócritas: expulsar a un dictador es lo más sencillo; lo difícil es construir justicia y orden después. Veremos eso más adelante.
Si pensamos en casos anteriores: nadie duda que Gaddafi fue un dictador; nadie duda que Saddam Hussein fue un dictador; nadie duda que al‑Assad es dictador, pero muchos sirios lo añoran. Romper la legalidad, aunque esa legalidad sea dudosa, en nombre del bien puede abrir la puerta al caos, y de hecho la ha abierto muchas veces.
Vamos a ver actores. Hay oposiciones de opereta: por ejemplo, la señora Delcy, que desde el principio se ha puesto de perfil como una oposición de pega. ¿Qué quiero decir con “oposición de opereta”? Que gritan y hacen ruido, pero no son una oposición real. Desde el principio tiene un tufo de traición y de entrega de su líder. Si yo estuviera en su lugar, lo más obvio habría sido desgastar la posición ante la opinión pública de Donald Trump, dejando claro que ha habido bajas y que no fue una operación limpia. ¿Habéis visto las imágenes? Alguien tiene que haber muerto. Durante las primeras horas parecía que no había muertos; incluso informadores de periódicos serios llegaron a decir que había sido una operación limpia sin bajas. ¿Cómo puede ser?
Otro personaje que tendría que haberse quejado es el señor Putin, que tiene intereses en Venezuela; da la sensación de que tampoco se esforzó mucho. Parece ser que Delcy habría pactado y sería la encargada de liderar la transición: un pacto previo. También está la señora Corina, que parece haber sido utilizada como un monigote, un espantajo; fue desechada como Guaidó en su momento. Todo indica que el dictador cayó por una traición interna.
Los medios hablan de una “operación quirúrgica”. He visto pocos telediarios: cuando hay máxima alerta, los informativos suelen repetir y contradecirse hasta volver loco al espectador. He oído “operación quirúrgica” en varios medios, pero las imágenes muestran todo menos algo quirúrgico: una batalla, un despliegue de medios, ruido y helicópteros sobre Caracas sin recibir un solo tiro. Si cualquier guerrillero afgano con un lanzacohetes puede derribar un helicóptero, es extraño que el comando llegara tan fácilmente al hombre más vigilado de Venezuela en su propio búnker. El ejército venezolano no quiso actuar porque, parece ser, ya estaba pactado: alguien abrió la puerta desde dentro. No fue una operación limpia: hay bombazos, vídeos caseros en internet; alguien tiene que haber muerto, por metralla o heridos.
En el plano geopolítico: Trump ha dicho que va por el petróleo y quiere asegurarse de que ninguna compañía extranjera, especialmente China, se apodere de él. Se rumorea un pacto de realismo político entre Putin y Trump: “Ucrania es mi zona de influencia, Latinoamérica es tu patio trasero; no nos pisemos el rabo”, por decirlo de una manera gráfica. Putin pone el grito en el cielo de forma mediática, pero parece que no vaya a mover un dedo por Maduro. En este escenario, líderes como Zelensky terminarían siendo juguetes rotos, ninguneados por Trump, que pacta la paz directamente con Rusia, al margen de los intereses de Europa y del propio Zelensky. Existe una gran hipocresía en la Unión Europea: se llena la boca con esta intervención, pero intervino en las elecciones de Rumanía bajo un apagón informativo y mucha gente no se enteró. De esto volveré más adelante.
No estoy acusando por acusar: hubo políticos internacionales, incluidos algunos de España, que sirvieron como lobby para el régimen de Maduro. Algunos fueron a dar clases y asesorar al gobierno y lo decían públicamente; se sentaban orgullosos en mítines diciendo que “la revolución continúa”. Parece ser que algunos estaban interesados en que el régimen continuase. Hay muchas cosas que no están claras.
Una hipótesis que he comentado antes del verano —ya sé que son rumores— es que habría un pacto tácito entre Donald Trump y Vladimir Putin para respetarse sus campos: Venezuela para Estados Unidos, Ucrania para Rusia. No lo podían decir abiertamente; hay que montar todo un tinglado. Puede sonar conspiranoico, pero los pactos por conveniencia han ocurrido muchas veces en la historia. En política exterior opera la Realpolitik: no hay amigos ni enemigos, hay intereses. Si queréis ver un maestro de la Realpolitik, ahí tenéis a Kissinger y su informe —recientemente desclasificado—; muestra que se pacta por conveniencia, incluso con actores ideológicamente contradictorios.
La ideología no siempre casa con los intereses: Putin no coincide idénticamente con Maduro en todas las cosas, pero es aliado porque interesa. A lo largo de la historia se han hecho pactos de ese tipo: Francia pactó con potencias protestantes e incluso con el turco contra España. La diplomacia está llena de conveniencias que luego tienen consecuencias imprevistas. Occidente a menudo peca de prisas; los chinos planifican a cincuenta o sesenta años. La política exterior estadounidense tiene una hoja de ruta mantenida durante más de un siglo; los presidentes hacen variaciones pero no suelen salirse del marco. Trump se ha salido algo, pero menos de lo que parece.
No podemos llevarnos por idealismos en política exterior: “estos son buenos y estos son malos”. Cuando comenté la guerra de Ucrania, advertí que Zelensky no era una figura inmaculada: el Estado ucraniano tiene problemas de corrupción. Periódicos europeos publicaron críticas a Zelensky antes de la invasión rusa por políticas lingüísticas y otras medidas. Con Venezuela pasa algo similar: Maduro es dictador, pero antes hubo corrupción, y Chávez fue instrumento de la influencia cubana tras la desaparición del apoyo soviético.
Volviendo a las consecuencias de la intervención: han quitado a un dictador. Dentro de lo malo, cuando hay vacío de poder y caos, la situación tiende a la guerra civil. A algunos les parecerá repugnante, pero es práctico: Corina no puede liderar la transición si desplaza abruptamente a mucha gente que vive del régimen; se rebotarán y puede estallar la guerra civil. Ahí entra el miedo y la oferta de seguridad: “colabora y no acabarás como Maduro”. Muchos quieren echar a los chinos y dejar que otros exploten el petróleo. Trump no tiene doblez: es sincero y brutal en sus objetivos. Putin es más cauto pero también previsible.
Todo esto sienta un precedente. Trump lo dijo muy claro: “tomen nota los demás”. Va en plan Don Corleone internacional para repartirse el pastel. Estados Unidos ya no quiere sostenerlo todo; empieza a repartirse áreas de influencia. Europa está en decadencia y ha sido abandonada poco a poco: esa es mi percepción crítica sobre la Unión Europea y la OTAN. Antes me pareció una barbaridad que cazas españoles patrullaran el Báltico; nuestros problemas geoestratégicos están al sur. Alemania tuvo acuerdos energéticos con Rusia que se vieron dinamitados por la administración anterior de EE. UU.; el Nord Stream voló y nadie parece tener claro la autoría. Europa fue, y sigue siendo, la gran perjudicada.
Ahora un tema crucial: el desprecio por el derecho. Hay una mentalidad actual —vinculada a la cultura “woke” del sentimiento— que prioriza el sentir sobre la razón. Los derechos no se basan en el sentimiento, sino en razones y normas. El derecho da previsibilidad: permite saber a qué atenerse. Si las normas cambian según el sentir del que manda o del público, las reglas pierden sentido y se abre la puerta a la ley del más fuerte. Hemos visto en la Unión Europea cómo unas elecciones en Rumanía fueron impugnadas tras un apagón informativo; la gente no se enteró. Los medios, que son nuestros ojos y oídos, están apagados para ciertos temas. Por eso no veo los telediarios: muchas veces la “información” es información periodística de guerra, con guion y ninguneo para quien se sale del discurso. Recuperar información fidedigna es cada vez más difícil; no hay auténtica libertad de información, porque los grandes medios pasan por caja y dependen de permisos y subvenciones.
Las guerras están mediatizadas y se forman bloques de hooligans: “Putin malo” o “Trump bueno”; se polariza en términos simplistas. En política internacional puede haber pactos entre antiguos enemigos —pensemos en el pacto Ribbentrop‑Molotov antes de la Segunda Guerra Mundial— que luego crean consecuencias graves. Nunca sabes las consecuencias últimas de tus actos; la Realpolitik opera así.
En materia legal, hay un problema para Trump: en Estados Unidos el presidente es comandante en jefe, pero el Congreso tiene el poder de declarar la guerra. ¿Es esto un acto de guerra? Hay un intrincado problema jurídico que Trump ha tenido que salvar. La resolución de poderes de guerra de 1973 —por el Vietnam— establece que el presidente puede enviar tropas solo con autorización previa o ante una emergencia nacional por ataque inminente. El Congreso intentó bloquear la operación en dos ocasiones, en noviembre y en diciembre de 2025, y en ambas ocasiones fracasó por pocos votos. Para evitar el control del Congreso, la Casa Blanca planteó la intervención no como guerra, sino como aplicación de la ley y lucha contra el terrorismo.
Hay una estrategia de tres pilares: primero, la categorización como narcoterrorismo —designar al Tren de Aragua y al Cártel de los Soles como organizaciones terroristas extranjeras—; segundo, presentar el conflicto como un conflicto armado no internacional, lo que permite aplicar leyes de guerra en lugar de ordinarias; y tercero, la interpretación del Departamento de Justicia mediante la Oficina de Asesoría Legal, que permite acciones militares limitadas sin permiso del Congreso siempre que no alcancen el umbral de “guerra” —combatientes sostenidos, muchas bajas estadounidenses o movilización amplia. Es, en resumen, un conglomerado legal para sortear al Congreso.
La ejecución incluye la “ventana de sesenta días”: bajo la ley actual, el presidente tiene 60 días para operar tras declararse una emergencia antes de que el Congreso pueda forzar una retirada. Incluso si el Congreso vota en contra, el presidente puede vetar la resolución: se requiere una mayoría de dos tercios para anular el veto, algo difícil de conseguir. Además, una sentencia del Tribunal Supremo de julio de 2024 dictaminó que el presidente no tiene responsabilidad jurídica por actos oficiales, solo responsabilidad política (impeachment). Eso le da cierta vía libre para declarar emergencias a discreción sin horizonte penal claro.
Conclusión legal: la captura de Maduro se justifica técnicamente como cumplimiento de una orden judicial de búsqueda y captura por narcoterrorismo, no como un acto de guerra; el bombardeo de Caracas se presenta como defensa preventiva para proteger a las unidades que realizaban la detención. Y si alguien piensa que esto no ha sido conforme a la ley, la respuesta es que Trump no tendrá responsabilidad penal, sino política: un impeachment.
Bueno, yo no tengo información privilegiada; mis análisis no son de rabiosa actualidad ni tengo informantes. Lo que puedo aportar es una reflexión que va más allá de lo inmediato. A lo mejor ahora mismo algunas circunstancias han cambiado, pero hay que analizar el contexto y las implicaciones a medio y largo plazo.
Se me ha pasado decir que llevamos diecisiete minutos; esperaba durar al menos media hora. Si os ha gustado, poned un “me gusta”. No he tenido mucha gente en el directo; espero que cuando se encuentre por ahí lo comentéis más. Animaros a comentar en los comentarios de YouTube o en iVoox; en iVoox no hay directos, pero lo colgaré inmediatamente. Podéis escribir a primumgradus.me o dejar notas de voz por WhatsApp; las notas de voz me interesan especialmente, porque alguna puede incluirse en el programa como “voz del oyente”. El número es +34 644 573 465 (repito +34 644 573 465).
Eso es todo. Hasta la próxima.
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